Formación Empresarial, Transacción o Propósito

La Formación, descrita por Jaques Delors como “Aprender a conocer, aprender a ser, aprender a hacer y aprender a vivir juntos” invita a pensar en su carácter de integralidad, en el que converge lo educativo (valores, el ser) lo instructivo (el conocimiento base, saber, para el hacer) y lo desarrollador (capacidad, habilidad, hacer), honrando la posibilidad que emerge en el encuentro, la pluralidad y la construcción con otros. Estando de acuerdo con estos tres componentes y ubicándonos desde un marco organizado ¿Se podría decir que la organización tiene en su génesis claridad de ello? ¿Cuántas veces en el ámbito de lo real, la formación empresarial cumple en coherencia? ¿Dónde se adolece o se es excesivo en alguno de estos componentes? ¿Es posible haberlo convertido en el escenario de listar capacitaciones, temas, entre otros, que suman a un indicador cuantitativo y se queda corto en la práctica y resultados?

No pretendemos tener respuestas proféticas, ni ideales a estas preguntas, solo generar una reflexión posibilitando nuevas miradas que generen otro tipo de comprensión, para inspirar desde el anhelo nuevas prácticas, que permitan darle un valor significativo a los procesos de enseñanza – aprendizaje en la organización.

En aras de precisar un poco el entendimiento del sujeto que se forma y actúa para generar resultados en el ámbito organizacional, retomamos la definición de Talento que sustenta Pilar Jericó, donde se encuentran alineados tres componentes claves: capacidades + compromisos + acción, lo que invita en coherencia a estar articulados,  es decir,   la persona debe  tener capacidades que le permitan hacer un aporte valioso, debe tener muchas ganas de actuar y estar consciente de lo importante que es comprometerse con la empresa y generar respuestas en el momento requerido.

Es posible que el afán fugaz de generar resultados pueda poner en peligro la integralidad de la formación  y sus beneficios, dado que prima el tener con rapidez lista a la persona para el desempeño de su labor, olvidando quizás otras dimensiones que sustentan su hacer en el escenario que se desenvuelve, es decir, sus conocimientos, emociones, motivaciones que permiten dar respuesta al Para qué lo hace, encontrando sentido y espacios de aprendizaje en virtud de potenciar su talento al servicio del objetivo de su gestión. Lo anterior puede derivar en obtener de manera inversa en la curva de aprendizaje, frustraciones al no lograr los objetivos deseados o aún, en peores circunstancias, responsabilizar a un facilitador, a uno de los escenarios formativos, como  lo es un taller o al área de  la empresa encargado de impulsar acciones de esta índole,  como responsable del inadecuado rendimiento de la persona, fundado en la expectativa ansiosa por convertir la formación en un acto y no en un proceso cuidado y riguroso. Ahora ¿Esto sugiere que se necesita mucho tiempo? Creemos que cuando es efectiva y comprensible, su integralidad favorece significantemente lo esperado.

Para esto es fundamental iniciar poniéndonos de acuerdo que la formación no se da en una actividad, es la suma de acciones alineadas que provocan aprendizaje, con esto nos referimos a entender que tienen que ver tanto con los espacios formales de capacitación y entrenamiento como con el acompañamiento del líder en el día a día, la credibilidad de la dirección declarada desde la estrategia y  la claridad  de necesidad y  propósito,  entre otros, encontrando que en algunas empresas distantes de su comprensión, quizás por la presión  del desenlace y desafíos organizacionales, consideran  en  los casos más extremos, por nombrar alguno,  que en dos horas de un taller se dará la receta para cambiar o aún menos favorable creer que en el mismo tiempo, mientras más se listen  temas y contenidos en diapositivas múltiples se optimizará la labor.

Creemos que la integralidad no es una utopía, desde la práctica hemos encontrado empresas que generan curiosidad en su forma de proceder al respecto, lejos de ser perfectas, motiva advertir la responsabilidad de la formación, en aquello que va más allá de las aulas, inspiran, como dice Gadamer, “La persona formada es capaz de comprender al otro, de encontrase con él en la compresión común, de salir de sí, de lograr un entendimiento. En la formación se establece un tipo de relación que permite el aprendizaje; esto trae consigo sus propios riesgos y supone apertura a lo inesperado”. Ustedes se preguntarán ¿y cómo se sabe? sencillo, es como entrar  a una casa y sin necesidad que haya un título en la puerta, al ingresarse percibe cuáles son los valores, prácticas y estilo de liderazgo que allí prolifera en virtud de la forma  como conversan, actúan y responden a los desafíos, es decir en su presencia se nota, en lo organizacional,  sin necesidad de ver el letrero de la misión y visión, cultura, percibimos que se vive, se siente; se huele y se ve.

Es así como consideramos que la formación, en su integralidad, nos invita a dar valor al conocimiento, específicamente desde la necesidad real de la persona y la organización, seguido de plantear objetivos desarrolladores que demuestren conexión entre el ser, saber y hacer, lejos de listar temas de moda o fuera de foco que se llenan de textos o palabras técnicas que carecen de sentido en el actuar y que además se olvidan.

La Formación adquiere valor cuando la persona es capaz de hacer su proceso lógico desde la comprensión del qué, alineándolo a una práctica que incrementa su habilidad visible en el actuar, desde el cómo y sumado a estas dos cosas, da sentido a lo que hace, para qué, disponiendo un lugar privilegiado para los valores que lo acompañan,  es decir, sabe de las características de una máquina, proceso, estrategia; los instala en la práctica desde la excelencia y fundamentalmente encuentra valor al hacerlo, porque es capaz de preguntarse, hacerlo en equipo, agregarle su diferencia, compromiso y disciplina, sabiendo que la formación no está al servicio transaccional, sí a la disponibilidad de comprender que lo que nos une es un propósito superior, al servicio de lo verdaderamente importante, la transformación, donde el protagonista debería ser la persona y su colectividad.

En Formactiva trabajamos para mejorar las competencias de los trabajadores en las empresas, tratando de establecer un equilibrio entre las aptitudes del empleado y las exigencias de su ocupación laboral que tienen como propósito la consecución de objetivos, preservar, promover y desarrollar la cultura organizacional.

Si deseas saber más sobre la construcción e implementación de un modelo de formación o diseño didáctico a la medida para tu organización, contáctanos para brindarte una asesoría personalizada

Escrito por Isabel Ramírez

Facilitadora en Formactiva

Especialista de Psicología Organizacional – Universidad de San Buenaventura.

Especialista de Formación   Empresarial – Pinar del Rio, Cuba.

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